lunes, 7 de julio de 2014

Comunicación en Tierra de Nadie

Uno siempre espera que las palabras puedan con el silencio,     se desea amortajar el espacio que hay entre dos personas,       se busca enterrarlo y decorarlo con una ocurrente lápida en la que se diga algo...

Al menos tú me dejas mirarte, contemplarte hasta bien adentro. Me dejas acercarme y comunicarme. 
Siempre compartimos momentos, y no solo frases que languidecen y mueren en cuanto tocan el cielo de mi propia boca.
Las palabras, si son lanzadas sin su fuego, se convierten fácilmente en escarcha.
Las palabras tienden a engañar. Su intención y su antiguo hogar se pueden disimular y escoger de forma intencionada... incluso predeterminada... y se acaban usando por costumbre, imponiéndose al estado real

A mi se me puede engañar fácilmente, a veces ni me pregunto si surgen de donde debieran surgir, o de donde una vez surgieron; yo las recibo con mis sentidos, y solo con el tiempo me doy cuenta de que son mera escarcha en mis oídos.

Y es por eso que me gustan tus miradas cómplices y las mareas de tu sonrisa.

Porque si una palabra se puede enfriar y palidecer incluso antes de ser gestada, una verdadera carcajada es como una tormenta de verano, imposible de convencer de ser disipada.

Y es por eso que me gusta tu urgente risa... porque siempre acaba brotando como un viento que hace florecer lo inflorecible que yace en el nervioso vacío, ese en el que mueren arrastrándose las palabras lanzadas con temerosa prisa por tantas otras personas que son alérgicas a un momento de silencio.

Y es por eso que me gusta estar a tu lado, porque haces lo que apenas nadie consigue con el limitado vocabulario, ese que no es el verdadero  fruto de los labios.



martes, 11 de febrero de 2014

Ni tan bonita ni tan mía

Hoy llegué 15 minutos antes al trabajo,
y ni de coña me iba a meter allí regalando tiempo…
así que he mirado a la colina del parque de enfrente
y me he dicho:
“es el día perfecto para mirar desde allí.”
Hacía un día con lluvia fina y mucho viento,
hacía uno de esos días con el cielo encapotado
y las calles empapadas.

Pues allí que fui, colina arriba,
y a medida que ascendía,
con el viento bramando,
era como si solo existiera aquella colina
insumergible en aquel cielo gris…

Y una vez en la cima
la vi:
La ciudad toda desparramada debajo de mí,
entre una capa de niebla insípida que la envolvía
y bajo gotas de lluvia que la lamían.

La vi triste y solitaria.
La vi ajena,
no me sonreía…
La contemplé desde uno de sus pechos en forma de colina
y estaba allí tumbada, despatarrada y fría.
No era tan bonita ni tan mía,
allí así expuesta,
vestida con esa niebla fría
como jirones de un sudario rasgado por la melancolía

No era tan bonita ni tan mía
si no recorría sus calles
No era tan bonita ni tan mía
si no dejaba mi alma en cada una de sus esquinas.

Al cabo de los minutos me di la vuelta
y marché hacía el trabajo
con la capucha empapada
y las gafas llenas de agua
y la sensación extraña
de haber contemplado
a una amante querida como a una extraña.

viernes, 31 de enero de 2014

sucio tesoro que jamás brillará

Hace tiempo tuve la oportunidad de ver lo que quedaba de la biblioteca de un supuesto hombre sabio, conocedor de secretos conocimientos.
Y me exhortaron a llevarme algunos libros, como permitiéndome hurgar en lo que quedaba de aquel desconocido anciano.
Y me encontré asombrado ante joyas escondidas en una enorme y polvorienta caja de cartón… me maraville ante lo que podría pasar por la colección de viejos libros de cualquier triste perdedor… como esos montones de libros usados que me he encontrado apilados y abandonados en la calle, en otras tantas enormes y polvorientas cajas de cartón, y que los yonkis de mi barrio buitrean sin ninguna consideración, con el afán de conseguir alguna novela barata para calentarse cuando aprietan las ganas de fumar plata y se tienen que meter en algún coche abandonado a pasar su larga y fría noche.

A mis 19 años aquella espantosa y a la vez asombrosa colección de novelas pulp, y de almanaques olvidados, me llevaron a imaginar a su antiguo propietario como un autentico hombre pobre.
Hurgué en aquel montón de libros, y podría haber llenado una gran librería con aquellas gastadas y desconocidas obras… Y ahora al recordar todo aquello me hace pensar en la formo en la que robo libros a hurtadillas en la casa de mis abuelos; cada vez que voy de visita cojo un libro, y no precisamente al azar pues tengo bien estudiadas las librerías poco vigiladas y en las que además se que hay obras de calidad; y me los guardo en el forro de la chaqueta… y a veces, no muchas, mi abuela se da cuenta y me sonríe con complicidad… si mi abuelo se entera me desheredaría con bastante facilidad… está loco por los libros, dice que no se los devuelvo, por eso los tengo que robar.

¿Y si a aquel hombre le apartaron poco a poco de sus libros, sabiendo que no releería jamás las obras que un día lograron marcar su personalidad?
¿Y si lo que vi fue idéntico a contemplar un cadáver reseco tiempo después de su funeral, o una casa hecha polvo porque nadie la habitará jamás?
¿Y si nuestras librerías tienen parte de nuestra vida?
¿Y si necesitan un fluir de libros como nosotros el respirar?
Porque está claro que nuestras cabezas si lo necesitan, siempre buscan un entrar y salir de cosas con las que soñar y pensar, no solo cosas que nos hagan disfrutar… Libros como combustible mental, libros que nos añadan un granito más… quien sabe si uno se llevará algo de eso hacía el más allá.

Por eso siempre me ha dado tanta pena la posibilidad de que aquel caballero partiera con aquellas pocas obras polvorientas y no mucho más.
Y también me da pena que un desconocido y fallecido no me diera aquel día a heredar, de pura casualidad, algún libro cargado de nuevas ideas; que no hubiera estado para poder haberme explicado bajo que tapas manchadas de amarilla humedad se encontraban libros secretos que a él le habían hecho vibrar, que a él le hubieran añadido un poquito más…

Me siguen dando pena aquellas joyas que jamás brillarán.